sábado, 12 de septiembre de 2015

Cine y Pediatría (296). “7 vírgenes” y cientos de perros callejeros


Igual que hay directores que ya forman parte de la familia de Cine y Pediatría por su afinidad por las películas con la infancia y adolescencia como protagonistas, también podríamos decir algo similar de ciertos actores. Un paradigma en nuestro país lleva el nombre de Juan José Ballesta. Este actor nacido en la ciudad madrileña de Parla nos sorprendió a todos en su debut con 12 años en una película que es ya un icono frente a los malos tratos familiares en la infancia: El Bola (Achero Mañas, 2000). También fue Tomiche, el pillo amigo de la niña Carol (la debutante Clara Lago) en El viaje de Carol (Inmanol Uribe, 2002), toda una fábula sobre el dolor de las infancias perdidas por la guerra, en este caso por la Guerra Civil Española. Posteriormente, fue uno de los cuatro adolescentes afectos de osteosarcoma y que intentan sobrellevar su destino lo mejor que pueden en el hospital, concretamente en Planta 4ª (Antonio Mercero, 2003), fundamentada en la obra de teatro "Los Pelones", obra autobiográfica de Albert Espinosa. La última película que ha formado parte de nuestra serie ha sido Entre lobos (Gerardo Olivares, 2010), basada en la historia real de Marcos Rodríguez Pantoja, el conocido como “niño salvaje de Sierra Morena”. 

Y hoy viene a este espacio una más: la película 7 vírgenes (Alberto Rodríguez, 2005), un firme relato sobre la vida de adolescentes en la periferia marginal de una ciudad como Sevilla. Curiosamente, Juan José Ballesta ganó el premio a Mejor actor revelación por El bola en los Premios Goya del año 2000, y su segunda nominación a Mejor actor procede precisamente por 7 vírgenes que, aunque no la ganó, si lo consiguió precisamente en esa categoría en el Festival Internacional de San Sebastián en el año 2005. 
Dos encuentros actor-director con buenos resultados: en El Bola con Achero Mañas, director novel en aquel momento; en 7 vírgenes con Alberto Rodríguez, quien, tras dirigir El Factor Pilgrim (2000) y El Traje (2002), con 7 Vírgenes se consolidó como uno de los jóvenes directores más interesantes del panorama español. Y vaya que si fue así, pues sus últimas películas, Grupo 7 (2012) y, sobre todo, La isla mínima (2014), son un buen ejemplo. Un realizador ya bregado, con personalidad y dominio de su oficio, que tiene claro qué historia quiere contar y cómo hacerlo, y que se muestra capaz de dotar a sus imágenes de la fuerza e intensidad suficientes sin perder el equilibrio, con buenos diálogos, pero que consigue que en su película hablen más los silencios, las miradas y las acciones que las palabras. 

7 vírgenes comienza con esta voz en off, con este juego de videncia: “Para hacer el juego de las 7 vírgenes hay que poner dos velas frente a un espejo y mirarse fijamente en él durante 60 segundos, como una cuenta atrás. Dicen que en ese momento tu reflejo te habla y te predice tu futuro. Hay que estar solo, sin más luz que la de las velas. 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13,..”. Es verano en un barrio obrero y marginal de una ciudad del sur. Tano (Juan José Ballesta), un adolescente que se encuentra recluido en un reformatorio, obtiene un permiso para acudir a la boda de su hermano mayor, Santacana (Vicente Romero). Durante esa salida del centro, volverá a encontrarse con Richi (Jesús Carroza), con su antigua novia y con sus colegas del barrio, con los que se meterá en más de un problema. Tano se siente libre y ejerce esa libertad con toda la fuerza y el atrevimiento de la adolescencia, pero, a medida que transcurre su estancia fuera del centro, también asiste al derrumbamiento de todos sus referentes: el barrio, la familia, el amor y la amistad. Más allá de un permiso de 48 horas, la libertad de Tano se convierte en un viaje impuesto hacia la madurez, un viaje con un final dudoso. Sólo así se entienden las palabras de Tano a Richi: “Si algún día me convierto en un pringao así, te pillas una pistola, la más grande que encuentres, te acercas por detrás sin decírmelo y pum, un pringao menos…”. 

Porque Tano y Richi son dos “perros callejeros” con reminiscencias de ese cine que se hacía, de forma muy prolífica en la España de la transición. Y viene a nosotros ejemplos el nombre paradigmático de Eloy de la Iglesia (Navajeros, 1980; Colegas, 1982; El pico, 1983), Carlos Saura (Deprisa, deprisa, 1980) o, más recientemente, Fernando León de Aranoa (Barrio, 1998). No obstante, pese a la reiterada y manida exposición del citado conflicto de los conocidos como “perros callejeros”, Alberto Rodríguez ha conseguido un resultado correcto con 7 vírgenes, con éxito de crítica y público, merced a su espléndida dirección de actores, especialmente el mano a mano entre nuestro conocido Juan José Ballesta y el menos conocido Jesús Carroza (quien recibió como Mejor actor revelación el único Goya de las seis nominaciones a la película), pero también el resto del reparto, debutantes que completan el elenco juvenil (y sacados de un casting por los institutos del barrio de Sevilla donde se rodó íntegramente la película). Una película verosímil sin exceso, realista sin regodeo, y con una profunda humanidad de sus personajes, principales y secundarios. Hasta tal punto que llegamos a conectar con Tano y Richi a pesar de que éstos vivan al margen de la ley, ese extremo de vida que les ha llevado a un presente gris y a un futuro nada alentador para estos adolescentes, con refugio en el entorno de las drogas y en el ejercicio del hurto y la violencia, una realidad hostil en la que se convierten en víctimas y en verdugos.

Como declaró Alberto Rodríguez, el principal interés en rodar esta película fue por sacar a la luz a estas personas invisibles: “Creo que para la mayor parte de la gente, los protagonistas de esta película no existen. Forman parte de una realidad localizada en la sección de sucesos; un accidente geográfico inexplorado y ajeno a la clase media de cualquier país. Es más fácil seguir desconociendo ese pequeño mundo habitado por invisibles “Tanos” y “Richis”. Y las 7 vírgenes es juego, es asomarse a una ventana donde los personajes encuentran un poco de luz; es saltar al otro lado y estar más cerca de la posibilidad del deseo. Este juego corresponde al final de la adolescencia, el último juego como tal que trasciende a una realidad ya conocida y de antemano escrita y frustrada.

Porque 7 vírgenes muestra sin juzgar, aunque nos muestra un elenco de familias más desintegradas que desestructuradas, ámbitos más marginales que deprimidos, y nos pone en tesitura que esa realidad no es solo responsabilidad de las que lo viven. Porque los protagonistas de 7 vírgenes son verdaderos “out-siders” que hacen funambulismo de sus vidas sobre el filo de la navaja,

Es 7 vírgenes una buena película que se puede observar como denuncia o simplemente como una historia real, sensible y cruel, todo en uno. Una historia tan simple como compleja, pues en muchas ciudades estos chicos (que pueden reciben el nombre de “burracos”, “kanis”, “bajunos”, etc.) son una de las principales causas de violencia, intranquilidad y delincuencia de algunas ciudades. Ellos son verdaderos perros callejeros donde la película nos dibuja bien sus vidas rotas, los hay a cientos en las ciudades y no deberían pasarnos como seres invisibles.

Y es así como, de momento, Juan José Ballesta con estas 7 vírgenes ostenta el récord con 5 películas en Cine y Pediatría. Y algún día hablaremos de Cabeza de perro (Santi Amodeo, 2006) o Ladrones (Jaime Marqués, 2007).

 

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